Venezuela es un país de sendas riquezas naturales. Gozamos de tierras fértiles, quizás lo suficientemente adecuadas para eliminar el hambre. Del subsuelo brotan petróleo, oro, coltán, diamantes, entre otras materias primas, cuya acumulación podría impulsar un desarrollo industrial de tal magnitud, fuerza y vigor que podríamos instaurar un verdadero paraíso.  Por otro lado, el trabajo real, padre y señor de todas las riquezas que existen en el mundo moderno, se dinamiza en los brazos de un pueblo que lo ha aguantado todo. Paradójicamente las riquezas y el trabajo, la primera como fruto de lo segundo, sufren una contradicción agobiante, típica del sistema de producción capitalista.

Hay que decirlo claramente, lo que está sucediendo en Venezuela es un intento de golpe de estado. El 10 de enero se juramentó el presidente Maduro para un nuevo mandato. Había ganado las elecciones del pasado 20 de mayo, en las que un sector de la oposición decidió participar y otro boicotearlas. El 11 de enero, Juan Guaidó, el presidente de la opositora Asamblea Nacional (en desacato desde 2015) desconoce al presidente Maduro y se declara dispuesto a asumir la Presidencia “con el apoyo de las fuerzas armadas, el pueblo y la comunidad internacional”.

En este momento está reunida en Buenos Aires la cumbre del G20, teóricamente las 28 mayores potencias económicas del mundo. Macri recién firmó un paquete de ajustes sanguinarios para el año que viene, pero para organizar esa reunión de sanguinarios destinó 3.000 mil millones de pesos. Y una buena parte de esos pesos fue invertido en represión, para contener a estudiantes y trabajadores que se manifiestan contra la ofensiva capitalista en Argentina.

En medio de una turbulencia política y diplomática, Nicolás Maduro Moros ha sido investido para ejercer un nuevo mandato presidencial. El injerecismo imperialista encabezado por la Casa Blanca, y secundado por gobiernos e instituciones multilaterales como: Canadá, la Unión Europea, el Grupo de Lima y la OEA; sumado a las maniobras desestabilizadoras de la Asamblea Nacional, de mayoría opositora; han abierto una crisis política de gran envergadura en Venezuela y la región. 

“El siete es un número importante para la cultura: tenemos las siete notas musicales, tenemos las siete artes, los siete enanitos... Mejor dicho, hay muchas cosas que empiezan por siete.” Iván Duque, presidente de Colombia, en la sede de la UNESCO

Desde primeras horas del 1 de diciembre, la plancha del Zócalo en la Ciudad de México fue testigo de la llegada de miles de personas para presenciar la toma de protesta del nuevo gobierno encabezado por Andrés Manuel López Obrador, quién por la mañana acudió a la Cámara de Diputados a la ceremonia oficial y posteriormente habló frente a 160 mil personas quienes abarrotaron la principal plaza pública del país. Estos acontecimientos son inéditos en la historia reciente, marcada por imposiciones y fraudes electorales; recordemos que en las elecciones locales y federales, el ambiente en las calles durante la toma de posesión de los anteriores presidentes fue de rechazo, oposición y de un profundo malestar entre amplios sectores de trabajadores y la juventud. En esta ocasión no fue así, las masas se volcaron a las calles, a festejar un triunfo que sienten como suyo.

El dirigente del Partido Comunista de Venezuela, Luís Fajardo, fue asesinado en la noche del miércoles 31 de octubre, cuando regresaba a casa con su cuñado, Javier Aldana, quien también murió en el ataque. Ambos iban en una motocicleta a las 9 pm cuando recibieron una ráfaga de disparos de un vehículo en marcha. Los dos hombres eran activistas campesinos y militantes comunistas involucrados en la lucha por la reforma agraria en la región del Sur del Lago de Maracaibo y ya habían solicitado protección porque habían recibido amenazas de muerte.